Rosa

      Te miro hoy, y quisiera no recordarte. Espero que tú tampoco.
      Me fijo hoy en tus ojos y encuentro dentro de ellos una profunda melancolía que antes no tenían. ¿Te acuerdas?
       ¿Recuerdas cómo nos conocimos, en aquel centro comercial? Hace tanto tiempo. Yo sí lo recuerdo perfectamente. Tú entrabas a la vez que yo salía y, prendado de tus ojos, te cedí el paso. Te seguí con la mirada mientras cimbreabas ese cuerpo delgado y firme de antaño. Me fijé enseguida en tu figura, en tu pelo, negro marfil, que reposaba suavemente sobre tus hombros. Hombros estrechos como tu cintura, estrechos como los tobillos que sostenían tan perfecta anatomía. ¡Dios, qué trasero!, exclamé “románticamente” arrobado. Así somos los hombres.
      Por cierto, siempre me echaste en cara mi “romanticismo”, y ese “romanticismo” o, mejor dicho, la falta de él fue lo que nos llevó a donde ahora nos encontramos. Pero no es el momento de retomar deshechas causas ni levantar viejas inculpaciones, que si hoy recuperamos pueden reabrir los sentimientos como un fino cuchillo.
      Empezamos juntos, ilusionados, aquella dulce andadura hacia metas posibles y maravillosas que planificamos con detalle y con aspiraciones. Íbamos unidos, caminando hacia el final de nuestras vidas con un solo aliento. Pero a medio camino comenzaron a crecernos arbustos y malas hierbas, y se nos fue haciendo dificultoso transitar por tan maravillosa senda.
     Cada uno empezó a tirar de la cuerda hacia un lado,  ya no lo hacíamos juntos. Al final, de tanto tensarla, se nos rompió. No quiero valorar quien de los dos se quedó con el trozo más largo de la cuerda. Lo que sé es que el  mío no me sirvió para nada. Solamente me dejó  un dolor húmedo bajo el pecho.
      Entonces empecé a buscar otros lazos, nuevas cuerdas; y unas por viejas, y otras por cortas, no he vuelto a encontrar una como la nuestra. Y en vez de dedicarme a la bebida o al desasosiego me puse a escribir poemas sobre ti, sobre lo felices que fuimos, sobre recuerdos claroscuros, de todo eso. Pero al final, seguía solo, no tenía presente ni futuro. Me cansé y lo dejé, porque me vino a la memoria aquella frase que, cuando se ponía serio, nos decía Julio, el vecino del tercero: “Mira, sólo se escribe de lo que no se tiene, de lo que se ha perdido. Porque el presente se vive, no se escribe”.
     Tenía razón Julio, en la vida hay que elegir entre vivirla o contarla. A partir de entonces preferí vivirla a escribirla, a admitir mi futuro, a creer que debe existir un futuro de verdad, porque empezaba a sentir la angustia de acercarme a una vejez que hasta entonces me había resistido a aceptar.
     Por eso, no quiero que me recuerdes para no recordarte yo, para no tener que volver a coger el bolígrafo y manchar un sufrido papel con añoranzas pasadas. Ya sé que vivir solo no es fácil, porque, aunque tienes mucha libertad, a veces la libertad se te viene encima, te ahoga. A pesar de todo, quiero intentarlo de nuevo,  como antes lo intentamos nosotros.
     En fin, no quiero cansarte más, te dejo para siempre. Quiero que en el cercano invierno, cuando vuelva el  frío gris, la soledad no comience a pesarme. Me molestan las despedidas, tú lo sabes, y ésta es de las más difíciles por lo vacía e impersonal que resulta.
    Voy a romper el último vestigio tuyo, mi postrera atadura a tu memoria, y voy a destrozar en incontables pedazos esta fotografía nuestra de aquel viaje de aniversario. ¿En Mallorca?... No sé por qué la conservo aún. ¡Qué guapos estábamos los dos y qué felices! ¿Te acuerdas, Rosa, allá donde camines y con quien estés?...
      Cierro lo ojos y quisiera que, al despertar, el barrizal del tiempo engullese todos nuestros recuerdos.
      ¡Hace tanto tiempo!...

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